15. feb., 2017

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NUEVAS TENSIONES EN LA EDUCACIÓN SUPERIOR

El impacto de la Sociedad del Conocimiento en la educación superior es sensible y se presenta no sólo bajo la forma de un nuevo cúmulo de competencias a desarrollar en nuestros alumnos, cuestión que para algunas audiencias no se convierte solo en una segunda alfabetización, sino hacia una reestructuración del sistema educativo a la luz del concepto de virtualidad aplicada a los nuevos entornos de aprendizaje y enseñanza. Para Davies(1998) mas allá de la sociedad del conocimiento estamos moviéndonos hacia una sociedad del aprendizaje caracterizada por:

• La norma en el siglo XXI será la existencia de un sistema de educación superior universal.

• El rol crucial de los trabajadores del conocimiento será la economía.

• Desaparece el “trabajo graduado” y es reemplazado por trabajos que demandan un alto nivel de destrezas y cualificaciones.

• El aprendizaje a lo largo de la vida como mejora para el aprendizaje y crecimiento personal y su compatibilidad con la mejora corporativa marcará la vida labral de los individuos.

  • Desaparecerán las viejas divisiones entre las diferentes instituciones de educación superior.
  • Emerge una cultura común de conocimientos

 En cuanto al mundo laboral, provoca un importante aumento en la demanda de formación que puede entenderse a la luz de variables como la aceleración del cambio propio de la época junto al crecimiento y rápida obsolescencia del conocimiento que nos obliga a aprender a vivir en la transitoriedad y el desarrollo tecnológico vertiginoso que abre nuevos dominios a aprender y habilidades a adquirir. 

Estos son los factores que desencadenan la necesidad de acciones formativas para poder sortear con éxito la nueva sociedad, idea claramente reflejada en el informe de la Comisión Delors (1996) que ha considerado la educación y la formación como la base de toda sociedad y única vía para alcanzar la competitividad y el desarrollo. 

En el orden político y económico, en las dos últimas décadas la imposición de un orden económico mundial y la hegemonía de esta ideología en la discusión de todos los ámbitos de la vida de las naciones, explica la tendencia marcada en la universidad actual hacia la investigación aplicada, el desmedido y extendido empeño por “medir la calidad universitaria” usando modelos prestados por el sector productivo empresarial que da lugar al “ranking” y un mayor control externo.

Otros factores que explican la influencia del hecho económico en la vida universitaria, lo son sin duda, la expansión cuantitativa y las restricciones financieras, reportadas por la UNESCO en el informe de 1991 sobre educación superior, como acontecimientos clave en los últimos 25 años de la educación superior. Así que el aumento del número de demandantes de educación superior no ha coincidido con un incremento proporcional de la asignación de recursos y las universidades no pueden sobrevivir sólo con el presupuesto público.

La descompensación entre el aumento de estudiantes y la disminución presupuestaria del sector universitario parece ser una constante, incluso en países con realidades tan diferentes como Uruguay, tal como lo citan Aristimuño y otros(2000), e Inglaterra según Karran (2000). Emerge entonces todo un discurso político acerca de la necesidad de la financiación privada del sector de educación superior.

Finalmente, el crecimiento de una sociedad de consumo en la que el conocimiento es el bien principal convierte a la formación en un “nuevo mercado” y a los alumnos en “consumidores de conocimiento”.

 La universidad pública está perdiendo hegemonía como institución formadora y aparecen nuevos competidores en el apetecible mercado de la formación.