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27. mar., 2017

TODOS OPINAN

Todas las personas tienen derecho a opinar y hay que respetar ese derecho, a que todo el mundo pueda hacerlo, pero eso no significa que haya que respetar todas las opiniones. Se supone que las hay buenas y fundamentadas, regulares y malas, incluso perversas o emanadas desde la más profunda de las ignorancias.

Del mismo modo hay que admitir que la vida nos deja cada día miles de temas sobre los que opinar (de todas las manera descritas y de alguna más). Tanto es así que no hay medio de comunicación que no tenga algún o algunos espacios para el debate (con la pena de que casi siempre sean los mismos debatientes) o que las redes sociales estén contribuyendo a la divulgación de esas opiniones, la mayor parte de las veces sin prestar mucha atención. 

Así, por ejemplo, basta con que una opinión venga firmado por alguien para que, diga lo que diga, sea objeto de escarnio o, por el contrario, sea digno de alabanza, independientemente del tema o del texto. Eso es sabido, eso y que las redes divulgan más bulos que realidades (a pesar de lo cual soy un adepto y defensor de esas redes).

De esos temas abiertos a la opinión hay algunos que dan de sí ni se sabe, por ejemplo la educación, el comportamiento, la sanidad, el fútbol,…

Es admirable el desparpajo con el que la gente opina, se supone que por inercia, también porque la ignorancia es osada.

Seguro que, entre las opiniones las hay con buena intención, pero también hay opiniones de desahogo, de enfado, de disgusto, de oportunismo.

Esto se muestra con claridad en el mundo de la educación (o es que yo me fijo más en ello) en el que no falta ya nadie por decir algo: los pintores, los músicos, los guardias municipales, los guardias civiles, la policía armada, los deportistas, los dietistas, los filósofos, los vendedores de libros, los tecno-adictos, los médicos, los partidarios de… lo que sea o los contrarios a … lo que sea, los actores de teatro, las personas dedicadas al baile, … Estos y muchos más quisieran que TODO ello tuviera entrada en la escuela (en la educación) como única solución a cualquier problema que se presente. No se sabe ya si la escuela debe enseñar a leer y escribir y a saber lo que se lee y escribe…

De todas esas opiniones hay algunas que llaman la atención por lo reiterativas: Por ejemplo: Hemos de tener una escuela como la de Finlandia que, dicen, no tiene deberes, ni asignaturas, ni exámenes y los alumnos solo tienen 4 horas de clase y eso da lugar a que sea la escuela mejor valorada por las evaluaciones internacionales y que sus adultos (que han cursado esa escuela) sean los que más leen del mundo.

A todos ellos les digo que se lo hagan mirar, que no se olviden de tomar la medicación por las mañanas o que dejen de tomar eso que toman para informarse.

Va a ser que la mejor escuela es la que no existe, esa a la que ningún alumno ha de acudir.