6. abr., 2017

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LA VIOLENCIA COMO EJEMPLO

Nos preocupa la violencia sin importarnos el tipo y mucho más cuando viene propiciada por los propios padres de la ciudadanía más joven. 

Hemos hablado del tema en otras ocasiones y lo seguiremos haciendo, porque la violencia rompe todos los valores y normas de las relaciones entre iguales, porque hace prevalecer la fuerza a la razón (cuando tenía que ser al revés), porque “animaliza (si se permite a expresión), porque supone xenofobia, porque rompe los cauces de la competencia y fomenta el enfrentamiento dejando de lado a comprensión,…

Esta entrada viene movida por los diversos ejemplos que nos están proporcionando grupos de padres o padres aislados con el deporte infantil y juvenil. Son varios ya los que han salido a la luz, aunque hay más que han logrado pasar más desapercibidos. 

El deporte, lo mismo que la educación física en general, deben ser elementos EDUCATIVOS en la escuela y NUNCA COMPETITIVOS a palo seco.  Debería ser así siempre, pero al menos deberíamos asumirlo para el período vital de los 0 a los 18 años.

Por lo mismo no se puede admitir que uno o varios padres siembren la discordia y se dejen ver como animales violentos ante sus hijos en los eventos deportivos. Eso transfiere a los alumnos frustraciones que no son suyas y desvirtúa las conductas deportivas.

No hemos nombrado ninguno de los lugares donde se han dado hechos así y no lo haremos, porque creemos que no es necesario. Del mismo modo no hemos nombrado algunos sitios donde los centros y profesores han respondido EDUCATIVAMENTE y los jugadores lo han aceptado. Hemos podido ver imágenes de jóvenes de 12 años consolando a sus compañeros del equipo contrario y aún más jóvenes dejándose meter un gol porque se había pitado un penalty que no lo era.

Pero nos preocupa más ese otro comportamiento de los padres (tan exigentes en otras cosas). El comportamiento de esos padres estamos seguros que no se circunscribe solamente al ámbito de sus hijos, sino que se muestran así en toda competición deportiva a la que asistan, esto es, son “hooligans” de comportamientos antideportivos y violentos que propician una especie de sectarismo tribal (la tribu aquí sería el club de preferencia o en el que juega su hijo).

Puede ser una burrada, pero a lo peor es verdad aquello de que de “padres gatos, hijos michinos”.